

Que un alcalde afirme públicamente que quien no considere que la ciudad está mejor “tiene un problema” no es una anécdota ni una frase desafortunada. Es una manera de entender el poder. Y, sobre todo, una forma preocupante de relacionarse con la crítica, con la discrepancia y con una parte importante de los vecinos de Sant Cugat.
Gobernar no consiste en dictar un diagnóstico a quienes no comparten el relato oficial. Gobernar exige escuchar, contrastar, asumir errores y entender que una ciudad no se mide desde un despacho ni desde un argumentario, sino desde la vida cotidiana de quienes la habitan. Cuando desde la alcaldía se descalifica al discrepante, el problema no lo tiene el vecino: lo tiene quien confunde mayoría institucional con verdad absoluta.
Sant Cugat tiene hoy demasiados problemas como para despacharlos con arrogancia. El acceso a la vivienda se ha convertido en una carrera imposible, con precios desbocados que expulsan a jóvenes y familias. La presión fiscal no deja de aumentar, con impuestos y tasas al alza mientras los servicios no mejoran al mismo ritmo. A ello se suman el deterioro del mantenimiento y la limpieza del espacio público, las dificultades de movilidad, la falta de equipamientos y una atención a los barrios que, con demasiada frecuencia, se queda corta y genera la sensación de abandono. Y esto solo son algunos ejemplos de los muchos problemas que los vecinos de Sant Cugat sufren a diario.
También hay problemas en la forma de gobernar. En la soberbia, en la falta de autocrítica y en esa tendencia cada vez más habitual a sustituir el diálogo por el reproche. Un alcalde no puede permitirse el lujo de hablar como si solo hubiera una manera correcta de ver la ciudad: la suya. Sant Cugat es plural, diversa en opiniones y exigente con quienes la dirigen. Y eso no es un inconveniente, es una riqueza democrática.
Nos preocupa especialmente que se normalicen las salidas de tono desde la máxima responsabilidad institucional. Cuando un alcalde afirma que quien discrepa “tiene un problema”, o cuando califica a la oposición de “circo”, no estamos ante simples excesos verbales, sino ante una manera de ejercer el mando poco compatible con el respeto democrático. Cada descalificación no solo degrada el debate político, sino que aleja a la ciudadanía de sus instituciones. Y gobernar desde el reproche suele ser el síntoma de una gestión que prefiere el relato a la rendición de cuentas.
Discrepar no es tener un problema. Señalar lo que no funciona no es ir contra la ciudad. Al contrario: es quererla lo suficiente como para no conformarse. Sant Cugat no necesita un alcalde que diga a los vecinos cómo deben pensar, sino un alcalde capaz de reconocer que, pese a los discursos triunfalistas, hay demasiadas cosas que no van bien.
La verdadera pregunta no es si la ciudad está mejor según quien gobierna. La pregunta es si quienes pagan impuestos, quienes buscan vivienda, quienes mantienen un comercio abierto o quienes intentan llegar a fin de mes sienten que Sant Cugat les responde. Y a esa pregunta, hoy, demasiados vecinos no pueden contestar afirmativamente.
Ignorar esa realidad y despachar la crítica como un “problema” no es liderazgo. Es desconexión. Y Sant Cugat merece mucho más que eso.