

Cada 8 de marzo se llenan las calles de consignas, pancartas y declaraciones institucionales. Es un día importante. Un día para recordar a las mujeres que lucharon cuando no era fácil hacerlo. Un día para reconocer a nuestras madres y abuelas, que levantaron familias y carreras en contextos mucho más adversos que los actuales. Pero también debería ser un día para reflexionar con serenidad.
España es hoy uno de los países con mayor igualdad jurídica entre hombres y mujeres. Tenemos los mismos derechos ante la ley, el mismo acceso a la educación, al empleo y a la vida pública. Este avance no es patrimonio de una ideología concreta. Es el resultado del esfuerzo colectivo de toda la sociedad.
Sin embargo, en los últimos años el 8M ha ido perdiendo parte de su carácter transversal para convertirse, en demasiadas ocasiones, en una herramienta de confrontación política.
La igualdad no necesita enfrentamiento permanente. No necesita dividir a la sociedad en bloques irreconciliables. No necesita presentar a la mujer como víctima estructural sin salida ni al hombre como sospechoso colectivo.
Defender a la mujer no es enfrentarla al hombre.
Y sí, también debemos hablar de ellos.
Porque el discurso feminista más radical ha generado una narrativa que señala a los hombres como responsables colectivos, que cuestiona su masculinidad y que los coloca bajo sospecha permanente. Esa deriva no construye igualdad; construye resentimiento. Muchos hombres —padres, hijos, compañeros— sienten que no se les escucha, que no se les protege y que cualquier discrepancia les convierte automáticamente en adversarios. No podemos permitir que una generación de jóvenes crezca bajo la idea de que su condición masculina es, en sí misma, un problema.
La igualdad no consiste en sustituir una injusticia por otra.
Defender a las mujeres no significa desproteger a los hombres. Significa garantizar que todos, sin excepción, sean tratados con justicia, con presunción de inocencia y con respeto. Hombres y mujeres no somos rivales históricos. Somos aliados naturales. La familia, la
empresa, la sociedad y las instituciones se sostienen sobre la cooperación, no sobre la confrontación. También conviene decir algo que a veces incomoda: la libertad incluye la posibilidad de elegir. Elegir liderar una empresa, opositar o emprender. Pero también elegir ser madre, reducir jornada o dedicar tiempo al cuidado si así se desea.
En los últimos años se ha caricaturizado la feminidad tradicional y se ha presentado la maternidad casi como una renuncia. Esa visión no nos representa. Cuidar no es retroceder. Ser madre no es rendirse. Elegir no es traicionarse.
Si queremos hablar en serio de igualdad, hablemos de conciliación real, de fiscalidad favorable a las familias, de flexibilidad laboral y de apoyo efectivo a la maternidad en un país que atraviesa una grave crisis demográfica. Muchas mujeres retrasan o renuncian a tener hijos no por ideología, sino por falta de estabilidad.
Ahí es donde deben centrarse los esfuerzos.
La igualdad no se impone con dogmas. Tampoco con cuotas que perpetúan la idea de incapacidad. La igualdad sólida es la que se construye desde la educación exigente, la cultura del mérito y la confianza en la capacidad individual.
Las mujeres no somos frágiles. Los hombres no son culpables por defecto. Pensamos distinto. Votamos distinto. Vivimos la feminidad y la masculinidad de maneras diversas. Y esa pluralidad es riqueza democrática.
El 8 de marzo debería volver a ser un día de reconocimiento y unidad. Un día que celebre los avances conseguidos y que afronte los retos pendientes sin convertir la causa de la mujer en arma arrojadiza.
En el Partido Popular de Sant Cugat seguiremos defendiendo sin complejos una igualdad que no enfrente, que no señale y que no divida. Creemos, por encima de todo, en la libertad de cada persona para vivir, elegir y construir su propio camino.